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Disonancia cognitiva en el especismo.

Ejemplo de Disonancia cognitiva - Estantería de "arreglos" en el supermercado

¿Qué es la disonancia cognitiva?

En psicología, la disonancia cognitiva se conoce como la tensión o incomodidad que percibimos cuando mantenemos dos ideas contradictorias o incompatibles, o cuando nuestras creencias no están en armonía con lo que hacemos. Las personas tienen una fuerte necesidad interior que les empuja a asegurarse de que sus creencias, actitudes y su conducta son coherentes entre sí. Cuando existe incongruencia entre ellas, el conflicto conduce a la falta de armonía, y esto es algo que la gente se esfuerza por evitar.

La disonancia cognitiva se engloba dentro de la psicología social y no tiene que ser mala de per se. De hecho, puede ser un auténtico motor de cambio y evolución personal. Actúa como mecanismo de defensa en nuestro cerebro, permitiendonos justificar actos que en otras circunstancias nos parecerían reprochables, antes que revisarnos y cambiar nuestra forma de actuar.

Ejemplo de disonancia cognitiva en el especismo

La disonancia cognitiva se produce, por ejemplo, cuando en un supermercado al uso ves una sección llena de trozos de animales que se llama “arreglos” y lo normalizas, pero, en cambio te escandalizas porque a las bebidas vegetales se les llame leche o se diga ‘hamburguesa’ también para referirse a las hamburguesas vegetales.

¿No os dais cuenta de que nos manipulan desde pequeñas? Arreglos no son trozos de cadáveres, arreglos son otras cosas, pero no debería de ser algo normal que una gran cadena de supermercados tenga una cámara que se llame «arreglos» llena de trozos de animales absolutamente cosificados.

Cuando normalizas el asesinato de billones de animales para consumo humano pero te defines, al mismo tiempo, como amante de los animales, estás cometiendo un ejemplo flagrante de disonancia cognitiva.

Porque todo tu sistema de creencias, lo que te han enseñado y mostrado desde la más tierna infancia, choca directamente con sus sentimientos, con tu empatía y con tu corazón.

¿Porqué nos cuesta tanto darnos cuenta?

La mayoría de las personas no harían daño a un animal indefenso e inocente. Muy poca gente podría coger un cuchillo, degollar a un animal, desangrarlo, trocearlo y comérselo. Entonces, ¿cómo suplimos todo ese proceso absolutamente necesario para poder alimentarnos con animales? Pues de dos maneras muy sencillas. La primera, pagando a otras personas para que lo hagan por nosotras. Y, la segunda, cosificando a todos esos animales, a todos esos seres sintientes. Eso hace que sea mucho más sencillo luego justificar el acto de consumir dichos animales

Por lo tanto, te animo a que reflexiones, o compartas este artículo con alguna persona no vegana para que lo haga… Si tú no serías capaz de matar a un animal indefenso, pero tampoco te has parado a pensar que detrás de ese trozo de animal cosificado en la bandeja aséptica del supermercado, había un ser que no quería morir, que luchó por su vida, que sufrió y que sangró… entonces ¿no estarías incurriendo en un clarísimo ejemplo de disonancia cognitiva?

La solución es sencilla. Hazte vegan.

La respuesta, evidentemente es sí. Pero tampoco tenemos que martirizarnos por ello ya que, por desgracia, este tipo de disonancia es la más extendida desde una perspectiva sociológica. Lo que sí podemos hacer es darnos cuenta de ello y actuar en consecuencia, alineando nuestros valores con nuestros actos de una forma muy sencilla. Dejando de comer animales, dejando de comprar productos testados en animales, dejando de asistir a eventos donde se utilicen animales y dejando de ponerte prendas hechas con piel de animales. En definitiva, siendo una persona vegana.

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Normalización de la violencia

un montón de crotales ensangrentados en el suelo del matadero

¿Realmente tenemos tan normalizada la violencia contra los animales o seguimos siendo víctimas de la disonancia cognitiva que nos hace amar a unos y comernos a otros? ¿O acaso una realidad no es sino una inevitable consecuencia social de la otra?

Sea como sea, el caso es que si vemos a una persona golpeando y maltratando a un perro enseguida o le increparíamos o llamaríamos a la policía. De hecho, la mayoría de personas se consideran amantes de los animales e incluso muchas se definen como animalistas. Pero, ¿puedes considerarte realmente amante de los animales cuando te los comes o los usas para vestimenta o divertimento?

Nosotras pensamos que no. Puedes amar a los perros, a los gatos, a los animales salvajes e incluso no estar de acuerdo con circos o zoos, y ya es un gran paso, pero, aún así, eso no te hace ser un amante de los animales ni mucho menos animalista. Porque para ser una verdadera amante de los animales no debes explotarlos, ni torturarlos ni asesinarlos. Y tampoco pagar para que otras personas lo hagan por ti.

Porque aunque no lo quieras ver, un cerdo, una vaca o un pollo sufren y sienten exactamente lo mismo que tu adorado perro o gato. Incluso en el caso de los cerdos más, dada su alta inteligencia equiparable a la de un niño de 3 años.

Entonces, ¿cómo es posible que ni nos inmutemos cuando vemos carnicerías y supermercados exhibiendo trozos de cadáveres sin ningún tipo de reparo? Pues justamente por la cosificación. Porque hemos cosificado a esos seres sintientes despojándoles de todo resquicio de vida y se sentimientos.

En cambio si estuviésemos en un mercado, por ejemplo de Asia, dónde venden para consumo humano trozos de perros o gatos probablemente lo primero que nos darían serían arcadas….

Por lo tanto, esa normalización de la violencia es relativa, porque no es aplicable para todos los animales y varía en función del contexto cultural en el que nos encontremos. Por eso, aunque hablamos de la normalización de la violencia, esa normalización queda relegada solo a unos determinados animales, a los que nos comemos, con los que nos vestimos o a los que explotamos para nuestro propio beneficio en Occidente.

Nos han hecho creer que esa violencia es necesaria, nos han hecho creer que debemos comernos a los animales para poder vivir, incluso que la caza mantiene la biodiversidad y favorece el equilibrio entre los ecosistemas. Pero deberíamos alinear nuestro razón con nuestro corazón, y no anteponer la gula a la vida de seres inocentes que sienten exactamente igual que nosotras.

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Cosificación como mecanismo de control social

Cerdo en un camión de camino al matadero, con la mirada perdida y triste, mirando a la cámara a través de los barrotes. Foto tomada en una vigilia

¿Qué entendemos por cosificación?

Nos referimos a la cosificación de los animales cuando les despojamos de toda su vida, de todos sus sentimientos, de todo su ser y los convertimos en trozos inertes colocados en bandejas asépticas de supermercados. O lo que es casi peor, vemos con total normalidad trozos de carne, espinas dorsales, orejas, cabezas, bebés… en cualquier mostrador de cualquier carnicería.

En ese momento están siendo cosificados, porque ya no son seres sintientes, que sufren, sangran, sienten dolor, tristeza, miedo o alegría. Tan solo trozos de cosas que, de una forma macabramente eufemística, son llamamos salchichas, hamburguesas, falda, pechuga… Incluso lengua o rabo, haciendo brutal alarde de una disonancia cognitiva realmente alarmante.  

¿Cómo surge la cosificación?

La mayoría de las personas somos empáticas con el sufrimiento animal, de hecho, muy pocas personas serían capaces de matar a un animal con sus propias manos, clavarle un cuchillo mientras grita y pelea por su vida, para posteriormente trocearlo y comérselo. Esta imagen, en líneas generales, es algo que nos horroriza y escandaliza.

Necesitamos cosificar a los animales para poder comérnoslos, para poder inhibir nuestra empatía natural hacia ellos. Necesitamos verlos como recursos, como productos, porque la industria nos ha hecho creer que los necesitamos para poder vivir, para poder alimentarnos o para poder vestirnos. 

Cuando despojamos a un ser sintiente de toda su esencia y transformarlo en algo, no en alguien, lo estamos cosificando.

Esto no es nada nuevo

De hecho, es algo que también se ha hecho con las personas, como con las esclavas y esclavos desde tiempos muy remotos, porque de esta manera nuestra conciencia queda limpia. No estás matando, explotando o torturando a alguien, sino a algo. Por lo que el discurso oficial es que eso no es asesinar, explotar ni torturar. La cosificación es, al fin y al cabo, un mecanismo de defensa ante la consciencia de que lo que estamos haciendo, en el fondo, sabemos que no está bien. Que no es ni justo ni ético.

Incluso en nuestro país el Congreso ha reformado el Código Civil para eliminar la ”cosificación” jurídica de los animales y que sean considerados sujetos de derecho. Esto, como bien sabemos todas, solo aplica a los animales de compañía; perros y gatos. Por desgracia las medidas de bienestar animal no se aplican jamás a los animales de granja, a aquellos que solo sirven para alimentar nuestra desmesurada gula.